3/3/2009

Mozart: conciertos para violín...

En los diez últimos años de su vida, Mozart raramente tocó el violín en público, concentrándose más bien en el piano, y confinando su ejecución de cuerdas a la música de cámara con amigos, donde tocaba tanto el violín como la viola.
Pero su padre, Leopold, quien en el año del nacimiento de Mozart publicaba el famoso “Violin Method”, insistía en que su hijo podía convertirse en el violinista más fino de Europa si se aplicaba un poco más. A partir de comentarios del propio Mozart, se sabe que se preocupaba menos por el virtuosismo en el instrumento que por la claridad, la pureza del sonido y sobre todo la sensibilidad de la interpretación.
Casi todas sus obras para violín y orquesta fueron compuestas en Salzburgo entre 1773 y 1776, durante su periodo como director de la orquesta del Arzobispo –“aquellos vulgares, desaseados y disolutos músicos”, como los llamaba, sin dudas estaban resentidos por ser dirigidos por un simple adolescente, aunque talentoso.
La mayor parte de lo que Mozart compuso para ellos era música convencional para auditorios convencionales, pero por supuesto, Mozart estaba lejos de ser un muchacho convencional, y en sus conciertos de violín, como en casi todo lo que escribió durante estos años, podemos escuchar una etapa de su lenta maduración que armonizaba y refinaba todos los estilos de su época en un lenguaje personal de suprema flexibilidad y expresividad.
El Tercer Concierto para Violín, compuesto en septiembre de 1775, comienza con un tema tomado prestado de su ópera “Il re pastore”, compuesta un poco antes en el mismo año; el canto del violín y el diálogo cerrado que se establece entre el solista y la orquesta son elocuentes, como en todas las áreas operísticas.
En el movimiento lento, las flautas reemplazan a los oboes (en la época de Mozart los mismos músicos de la orquesta tocaban ambos instrumentos) y este dulce tono, junto con los violines en sordina y el pizzicato de los violonchelos y contrabajos… da la impresión de una orquesta que se retira para permitir un "cantilene du soloist", con un torrente de pura melodía vocal.
El final nos reserva varias sorpresas. En un momento dado, la música se detiene y el solista se lanza en una elegante gavota en clave menor; sin embargo, antes de llegar a la conclusión, el solista cambia de dirección otra vez con una robusta canción folklórica. Otra de las sorpresas es una discreta conclusión reservada a los instrumentos de viento.
A partir de su destitución sin ceremonias del servicio del Arzobispo (1781), Mozart depende de los gustos de un público más amplio, pero nunca deja de estudiar las obras de otros compositores. Por ejemplo, Haydn fue un constante modelo y ejemplo para Mozart. Y a principios del decenio de 1780 encuentra una gran cantidad de música de Handel y Bach (poco conocidos).
En Bach descubrió que el contrapunto estricto era mucho más que una disciplina académica o un estilo antiguo justo para la música litúrgica: era un lenguaje musical de una extraordinaria profundidad. El “Adagio y Fuga en Do menor” : la Fuga fue compuesta para dos pianos en 1783, y cinco años más tarde la prologa (compone un Adagio cromático para servirle de introducción, reescribiendo la obra para cuerdas). Entra en su catálogo el 26 de junio de 1788, el mismo día en que terminaba la Sinfonía en Mi bemol K543, la primera de su grupo final de tres sinfonías.
Se ha especulado mucho acerca de por qué Mozart compuso estas tres sinfonías en el verano de 1788. Dado su sentido práctico y su “más que aguda” necesidad de dinero en aquel momento, la explicación menos probable es que las haya escrito a raíz de un simple impulso interior, sin ninguna performance a la vista.
Lo más probable es que las tres sinfonías estuvieran destinadas a una serie de conciertos “por suscripción” que Mozart esperaba producir ese verano. Pero, lamentablemente, la popularidad de Mozart en Viena estaba disminuyendo, y solamente hubo un concierto; sin embargo, una o más de las sinfonías pudieron haber sido interpretadas durante su gira por Alemania, al año siguiente.
Otra posibilidad, intrigante, es que las sinfonías estuvieran destinadas a una visita a Londres que Mozart tenía prevista para 1788 (pero nunca fue).
Un aspecto notable de las tres sinfonías es su variedad de estilo y atmósfera, desde la serenidad del Mi bemol, pasando por la apasionada intensidad del Sol menor, hasta el esplendor del Do mayor. Esta comienza con un gesto musical mucho más formal en la tradición de las sinfonías ceremoniales en Do mayor con prominentes partes destinadas a las trompetas y los timbales.
Pero sin embargo, esta aparente formalidad exterior se ve contrastada de inmediato por una dulce frase lírica de las cuerdas, una oposición que domina todo el primer movimiento. La grandeza es agitada, constantemente socavada por momentos de intimidad, drama, o humor subversivo…
Por otra parte, la inquietud también marca el Andante, donde las trompetas y los timbales se silencian, y las cuerdas suenan en sordina. Un fraseo irregular, las modulaciones en claves remotas y disonancias cromáticas inquietantes contribuyen a dar un universo de complejas emociones que apenas podría presagiarse en las inocentes frases de la obertura.
El tempo del menueto y el trío es el de la tradicional danza cortesana, pero el carácter de la música densamente resuelto con discretos pasajes contrapuntísticos los eleva mucho más allá del simple carácter de una danza.
El final es el punto cúlmine del amor de Mozart por el contrapunto: combina la energía y el “momentum” de un rápido movimiento de sonata, con recursos contrapuntísticos más intrincados.
Los cinco temas (muchos insinuados al principio de la sinfonía) aparecen en diferentes formas, y la coda termina en una sorprendente combinación de los cinco, un final glorioso para la producción sinfónica de Mozart. No sabemos quién le dio a esta sinfonía el nombre de Júpiter; quizás fue Johann Peter Salomon, un violinista y empresario que invita a Haydn a Londres en los años de 1790. Es un raro caso de apodo musical adecuado, porque la última sinfonía de Mozart tiene algo astronómico en su perfección.








2 comentarios:

Anónimo dijo...

Absurda propuesta, infantil e inmadura. Ni siquiera humorística: típica de lo PEOR de nuestra adolescente e inevitablemente amada Argentina. Sorry, Babe. ¡Que se vayan todos! ¿te recuerda algo?

Sara dijo...

Yo soy así, justamente: "absurda, infantil e inmadura". Y no lo lamento. Estoy totalmente de acuerdo con lo que decís sobre el "que se vayan todos". Pero prefiero seguir con mi imbecilidad, y reirme lo más que pueda. Si no te gustan mis chistes, después te doy mi dirección para que vengas a pegarme. Acá en la puerta de mi casa hacen cola los vecinos para fajarme! No tengo problemas.