21 feb. 2011

Wilhelm Furtwängler: un genio forjado en la caldera de la guerra (2)

La prolífica escena de la música clásica alemana pronto iba a caer en el vacío. Solamente entre los directores, se fueron Bruno Walter, Otto Klemperer y Erich Kleiber (los principales rivales de Furtängler). Algunos se fueron por una cuestión de conciencia, pero otros no tuvieron más remedio: como judíos, las nuevas leyes raciales les prohibían presentarse, enseñar y, en última instancia, vivir.

Poco tiempo después del ascenso de Hitler, Furtängler era el único director importante que quedaba. Y queda claro que no tuvo rencores hacia la horda de emigrantes, ya que ingenuamente los invitó, a varios de ellos, a que regresaran y se presentaran con él en futuras temporadas, y pareció sinceramente dolido cuando lo rechazaron. Casi todos los antiguos colegas de Furtängler le rogaron que tomara una decisión y que se uniera a ellos; cuando se negó a irse, lo trataron de “traidor a la humanidad”, y rechazaron de planto todo posible contacto futuro.

El hecho crucial que iba a atormentar a Furtängler por todo el resto de su vida fue por qué se quedó cuando todos los otros grandes artistas se fueron.

La explicación común dice que Furtängler carecía de fortaleza moral. Pero como tan a menudo surge con las cuestiones éticas, la historia verdadera es mucho más compleja. En todo caso, lo cierto es exactamente lo contrario: Furtängler se quedó fundamentalmente por sus convicciones, sinceras aunque ingenuas.

Desde lo más profundo de sus raíces culturales e intelectuales, Furtängler consideraba a Hitler y al Nazismo simplemente como una fase pasajera dentro de la política alemana. De hecho, muchos observadores de aquel momento encontraban difícil de tomar en serio a un petizo, morocho y de ojos marrones que vociferaba por la supremacía de los arios altos y rubios.

Ya desde el principio Furtängler veía dos Alemanias: una permanente, cultural, de la que él era un orgulloso miembro, y otra, irrelevante, política, que era un estorbo temporal. Para Furtängler no había una cosa tal como una “Alemania nazi”, sino más bien una Alemania devastada por los nazis. Furtängler creía realmente que manteniendo sus convicciones artísticas tendría éxito en la resistencia contra Hitler y podría así mantener la eterna pureza de la gran cultura alemana. Todas sus actividades durante aquellos años estaban decididas a lograr ese objetivo.

Furtängler creía, en lo más profundo de su alma, que la música era una fuerza de bien moral, un camino para salir del caos, que ayudaría a la causa de la humanidad. En 1943 escribía: “El mensaje que Beethoven le dejó a la Humanidad en sus obras… me parece que nunca jamás ha sido más necesario que hoy en día”. Más tarde, en declaraciones al Chicago Tribune, dijo que “Hubiera sido mucho más fácil emigrar, pero tenía que haber un centro espiritual de integridad para todos los alemanes reales y buenos que habían tenido que quedarse. Sentí que una verdadera gran obra musical era una contradicción más fuerte y más esencial respecto a Buchenwald y Auschwitz que las palabras podían serlo”.

Richard Wolff, el primer violinista de la Filarmónica de Berlín (cuya esposa judía salió indemne de la guerra gracias a la protección de Furtängler), afirmaba: “Furtängler podría haber disfrutado de una vida segura y confortable en el extranjero durante los terribles años del régimen nazi, pero sintió que su responsabilidad era quedarse y ayudar a educar a la joven generación alemana y mantener vivos los valores espirituales de Alemania en su hora más oscura”.

Pero todos estos nobles pensamientos podrían desestimarse como una fácil racionalización de un títere cobarde, y de hecho hubo muchas más razones prácticas por las que Furtängler se quedó.
Se dice que los nazis amenazaron con encarcelar a su madre. Acosaron y finalmente expulsaron a su secretario personal judío. Conociendo la relación de Furtängler con la Filarmónica de Berlín, dieron a entender que disolvería el grupo y que lo reclutaría en favor de una orquesta más leal.

Por sobre todas las cosas, los nazis explotaron el temor de Furtängler de que su arte no fuera entendido fuera de Alemania: cuando a Furtängler le ofrecieron dirigir en importantes posiciones en el exterior, el gobierno estuvo de acuerdo, pero en sujeción a una nueva ley de emigración que le impediría para siempre regresar a Alemania (una condición que sabían que Furtängler jamás aceptaría). Por lo tanto, Furtängler se encontraba a sí mismo efectivamente encarcelado en su tierra natal.

Y los nazis intentaron mantenerlo así envenenando la imagen de Furtängler en el exterior.

Por ejemplo, cuando Furtängler se negó a unirse al partido Nazi, fue nombrado “Staatsrat” (Consejero de Estado) de por vida, un título puramente honorario que legalmente no podía rechazar y al que los comunicados nazis frecuentemente apelaban para marcarlo con un rango fuera de su elección.

Cuando en un concierto se negó a saludar a Hitler, el astuto Furer saltó al escenario y le estrechó la mano calurosamente, un momento capturado por fotógrafos puesto en circulación alrededor de todo el mundo como una supuesta evidencia de capitulación.

Y cuando se enfrentaban al silencio público de Furtängler, los nazis acostumbraban a generar noticias falsas proclamando su apoyo, amplificadas por citas prefabricadas en alabanza de las políticas nazis y su dirigencia.

La perversa eficiencia de la maquinaria de propaganda nazi quedó demostrada en 1935, cuando a Furtängler se le ofreció la conducción de la Filarmónica de Nueva York, tras el retiro de Toscanini.

Su candidatura venía con una garantía de éxito aparentemente blindada (la insistencia del mismo Maestro, reconocido por un público americano que lo adoraba como el director más grande del mundo, en que solamente Furtängler era digno de sucederle). El momento de la oferta era propicio, ya que Furtängler estaba molesto con el régimen Nazi y esta vez estaba profundamente tentado. Pero mientras el supuesto heredero saboreaba sus opciones, el Primer Ministro Göring anunció que la rehabilitación de Furtängler estaba completa y que podía reasumir sus tareas en la Ópera Estatal de Berlín.

Con eso, el daño ya estaba hecho: a pesar de los intentos de Furtängler de clarificar su posición, tanto la prensa de Nueva York como los suscriptores de la Filarmónica ahora ya no querían saber nada con traer a un nazi oficialmente reconocido a sus tierras. Furtängler trató de retirarse con altura, con un telegrama “posponiendo” sus apariciones en los Estados Unidos “hasta que el público se dé cuenta de que la música y la política no tienen nada que ver una con la otra”. Pero este mensaje difícilmente aplacaría a una América aislacionista y alarmada por los informes de los atropellos nazis.

Como una medida final de reaseguro, los nazis utilizaron el arma más terrible y efectiva de todas.

Herbert von Karajan era un brillante y ambicioso director austríaco que tenía todo lo que Furtängler no: era apuesto, enérgico, carismático, joven y totalmente complaciente y sin principios. Durante la guerra, los nazis los manipularon a los dos, uno contra otro, con una brillantez diabólica, negándole a Von Karajan el elogio supremo con el que la prensa controlada por el Estado mantenía empapado a Furtängler mientras este hombre mayor vivía en un perpetuo temor de que su rival lo reemplazara, llegando tan lejos incluso como para llamarlo “Das Wunder Karajan”, un cruel eco del anterior apodo de Furtängler.

Continuará...

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Traducido de:

Peter Gutmann: Wilhelm Furtwängler: Genius Forged in the Cauldron of War / en: Classical Notes
Para ver el art. original: Click Aquí