31 ene. 2011

Wilhelm Furtwängler: Un Genio Forjado en la Caldera de la Guerra (1)


Berlín, 7 de octubre de 1944. Un día típico a fines del Tercer Reich. Los soldados mueren. Los civiles sufren. Los judíos son asesinados. Nada especial. (*)

En el Beethovensaal, un concierto está a punto de comenzar. Pero el teatro está vacío, libre de su habitual audiencia tachonada por la élite nazi en busca de un breve respiro cultural dentro de las tensiones de la guerra. La Orquesta Filarmónica de Berlín está en el escenario, esperando su señal. El director Wilhelm Furtwängler está en el podio. Los vagos serpenteos de su batuta invocan la primera nota sombría de la Novena Sinfonía de Bruckner. Un ingeniero de la Radio de Berlín enciende su magnetófono. Acaba de empezar la más extraordinaria grabación orquestal del siglo.

Los eventos musicales realmente trascendentes son muy raros. Su aparición es difícil de prever. A menudo surgen en lugares improbables y en tiempos casuales. Y así fue que en Berlín, en una sombría tarde de otoño, en plena época de guerra, un solitario técnico nazi fue testigo de una de las representaciones más apasionadas jamás grabadas.

Al igual que todos los grandes logros artísticos, la intensidad y la convicción de la obra de Furtwängler en tiempos de guerra se destilaron a partir de la durísima experiencia. En nuestra era de superestrellas clásicas mimadas y de sociedad, parece difícil de concebir a un famoso director genuinamente desgarrado por la angustia. Y sin embargo Furtwängler soportó tan extremo tormento y dolor que fue capaz de identificarse plenamente con el profundo sufrimiento al que los más grandes compositores arrancaron sus más sentidas y perdurables obras maestras. Bajo una presión diseñada como para aplastar a cualquier artista sensible, transmutó su angustia en una visión de entendimiento y poder sin precedentes.
La saga de cómo el incomparable arte de Furtwängler surgió y se desarrolló dentro del horroroso abismo de la Alemania nazi nos obliga a enfrentar la terrible colisión del arte, la sociedad y la moral.

ANTES DE LA GUERRA

Los dos primeros tercios de la vida de Furtwängler dan pocas señales acerca de lo que vendría. Nació en Berlín, en 1866, en un entorno envidiablemente confortable. Su padre era un famoso arqueólogo, y su madre una talentosa pintora. Educado en su hogar, el jovencito fue nutrido en la cultura germana por tutores y amigos de la familia, entre los que se contaban filósofos y artistas.

El talento musical de Furtwängler salió a la luz muy pronto. Su amor más profundo era Beethoven. A los 12 años de edad Furtwängler, según se dice, ya había memorizado la mayoría de las obras del maestro, y podía tocarlas en el piano. Pero por sobre todas las cosas, Furtwängler aspiraba a ser compositor, y a los 10 años de edad ya había escrito tríos, cuartetos y seis sonatas para piano.

Tras la muerte de su padre, sin embargo, se volvió hacia la dirección, primero para apoyar a su familia, pero también con la esperanza de fomentar presentaciones de sus propias obras. Este gesto fue característico, y no fue sino la primera de las muchísimas veces en que Furtwängler iba a templar sus ideales con el sentido práctico.

Furtwängler siguió la ruta usual de un viajante musical, desempeñándose como asistente y eventualmente como director en los puestos cada vez más prestigiosos dentro de la música alemana. Sus mentores incluyeron a Felix Mottl (un cercano colaborador de Wagner que había dirigido los estrenos mundiales de varias de sus óperas), Hans Pfitzner (uno de los compositores más importantes de Alemania), y especialmente Artur Nikish, el más grande director de orquesta de la época, conocido por cautivar a los músicos y a las audiencias con su impulsivo fervor, sus inflecciones profundamente personales y su inigualable “sonido” orquestal.
El ascenso de Furtwängler fue meteórico, conquistando Breslau, Zurich, Munich, Estrasburto, Lübeck, Mannheim y Frankfurt. La prensa lo había catalogado como “Das Wunder Furtwängler” (“Wunder” significa asombroso, increíble). En 1922 sucedió a Nikish tanto al frente de la Filarmónica de Berlín, la orquesta más prestigiosa en Alemania, como en la venerable Gewandhaus de Leipzig, cuya inigualable tradición secular de excelencia había comenzado con Mendelssohn. En 1928 Furtwängler ocupó además el primer lugar en Viena, la capital musical de Europa. En 1930 se convirtió en el Director Musical del Festival de Bayreuth, establecido por Wagner y considerado como la cumbre de la cultura germana.

El único revés para Furtwängler tuvo lugar en Estados Unidos, al frente de la Filarmónico de Nueva York, donde deslumbró al público durante tres temporadas pero luego fue desplazado por el furioso celo de Toscanini, quien, cruelmente, explotó la solemnidad de Furtwängler, su torpeza social y su negativa a postrarse ante los patrocinadores de la sociedad que manejaban “los hilos”. Pero no importa, ajeno a la tormenta política que se desataba, en 1932 Furtwängler se estableció en el pináculo del éxito artístico, y su futuro, al menos en Europa, parecía no tener límites.

La carrera discográfica de Furtwängler empezó en 1926. Durante los siguientes diez años, grabó para el sello Polydor principalmente obras austríacas y alemanas, desde Bach hasta Wagner, pero también algunas inusuales obras de Rossini y de Johann Strauss. La serie completa está disponible en Koch 3-7059-2 y 3-7073-2 K2 (dos CDs cada uno), y se destaca en “Symposium 1046”. Si bien no muestran mucho de esa perspicacia visionaria de sus interpretaciones posteriores, cada una de las grabaciones manifiesta el conjunto unificado de una gran orquesta bajo la dirección de un líder sólidamente versado en la cultura musical alemana. Así, el Bach es fuerte y comprometido, el Mozart es pesado y severo, el Weber místico y extático, el Wagner oscuro y melancólico, y el Beethoven noble y sólido.
Las primeras grabaciones de Furtwängler muestran claramente a un artista en la cima de su mundo profesional, seguro de sí mismo, un ejemplar sólido de la rica tradición artística alemana. Como lo dijo muy bien el “Grove´s Dictionary of Music” en aquella época, en una de sus entradas: “El control y el balance son características prominentes de su dirección; sus interpretaciones, aunque llenas de vitalidad, no son impulsivas, y su estilo personal en el atril de director es por lo general contenido”.

Y entonces llegó Hitler.


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Traducido de:

Peter Gutmann: Wilhelm Furtwängler: Genius Forged in the Cauldron of War / en: Classical Notes
Para ver el art. original:
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