4 dic. 2009

Franz Berwald (Estocolmo, 23 de julio de 1796 – 3 de abril de 1868



Franz Adolf Berwald es un compositor muy poco conocido. Posiblemente haya sido el mejor compositor escandinavo de su época, pero durante su vida se lo ignoró completamente y recién se lo descubrió a principios del siglo XX (la Fundación Berwald se creó en Suecia en el año 1909). Apenas aparece en los diccionarios y recién en los últimos tiempos se lo está comprendiendo de la forma adecuada. Escribió sinfonías, conciertos, música de cámara, óperas y operetas.

Durante mucho tiempo vivió en Berlín y Viena, por lo que se vinculó de forma decidida con el sinfonismo romántico alemán y mostró claras influencias de Beethoven, Schubert y Mendelssohn.
De todos modos su arte es sumamente personal, sin tendencias nacionalistas demasiado marcadas. Tampoco hay que considerarlo como el epígono del clasicismo vienés.

Pertenecía a una familia de origen alemán. A pesar de que no sabía nada de composición y armonía, Berwald comenzó a escribir muy pronto. En 1829 viaja Berlín para estudiar, y de paso abre un instituto ortopédico. Allí entabla amistad con Mendelssohn. Pero recién en 1841, cuando llega a Viena, empieza a saborear las mieles del éxito.

Compuso y llegó a estrenar una ópera llamada “Estrella de Soria”, que desde entonces conserva el honor de ser su mejor obra lírica. A Estocolmo volvió en 1849, y obtuvo el cargo de profesor en el Conservatorio. A pesar de todo, como había dicho al principio, fue completamente ignorado y murió en la más absoluta de las miserias.

Estrella de Soria, ópera en tres actos. Finale.



Su producción es escasa en cantidad, pero sin embargo se puede encontrar su genio creador en, por ejemplo, su música de cámara (tríos, cuartetos de cuerdas, dos quintetos con piano, etc.), en sus poemas sinfónicos (todos compuestos antes que los de Liszt, que, dicho sea de paso, estaba sumamente impresionado por las dotes de este músico sueco) y, sobre todo, en sus cuatro sinfonías.

Giacomo Manzoni escribe: “En su producción Berwald toma los movimientos de Beethoven y, en parte, de Schubert, su casi coetáneo: no por eso es un epígono”.

La parte más personal de su obra está en las sinfonías. La segunda, “Sérieuse”, compuesta en 1842, tiene un sorprendente rigor de estructura y una riqueza de ideas melódicas tal que algunos autores se animan a hablar de Berwald como del “Schubert sueco”.

La cuarta sinfonía, la “Singuliére”, compuesta en 1845, es aún más sorprendente: el primer movimiento nos recuerda a Berlioz y, con la audacia de su construcción, no se queda atrás ante los primeros movimientos sinfónicos de los más celebrados músicos románticos. En esta sinfonía, por otra parte, se escuchan anticipos brahmsianos, sobre todo en el último movimiento. Es notable la influencia de Johannes Brahms en la obra de Franz Berwald, en especial durante el apogeo de su producción artística.



Otra obra que llama poderosamente la atención es su “Cuarteto no. 1 en Sol menor”, compuesto en 1818 en Estocolmo, donde también se presenta una influencia extraordinaria: la de Schubert (a pesar de que no podía conocerlo; Estocolmo en aquella época estaba completamente al margen de toda actividad musical que no fuese de reflejos, y además los mayores artífices del Romanticismo, desde Mendelssohn hasta Schumann, pasando por Liszt y Chopin, todavía estaban en la infancia, literalmente hablando, eran niños).

Otras obras exquisitas son el “Cuarteto no. 2 en Mi bemol mayor” (1849) y el “Cuarteto no. 3 en La menor”, del mismo año.



Sinfonía No. 2 en Sol menor, “Sérieuse” (Seria)

Compuesta entre 1841 y 1842 para la Musikverein de Viena; estrenada el 2 de diciembre de 1843 en Estocolmo, bajo la dirección de Johann Berwald (primo del compositor). Fue la única que estrenó en su vida. La crítica la destrozó: la consideró una obra “pretenciosa”, con “extravagantes modulaciones” que formaban un “lío musical”, o mejor dicho “antimusical”, sin la más mínima idea melódica “inteligible”.

“El primer movimiento es un Allegro con energía, de un ritmo riguroso y variado, animado por una orquesta amplia y potente. Un tema cantabile y flexible, especialmente, recorre la cuerda con insistencia. A este tiempo sucede un Adagio maestoso, en fa mayor, de una noble grandeza, una especie de grave meditación que alcanza una expresiva plenitud hacia el centro de la pieza, con un fortissimo a base de acordes ascendentes en la orquesta que precede a la repetición del tema. Hay que señalar que, triste revancha póstuma, este Adagio se tocó en el entierro del autor.
El Scherzo tiene un carácter fantástico, de esencia romántica muy marcada, y en él la cuerda gira sobre las precisas acentuaciones del viento. Un recuerdo del Adagio precede al final, que se encadena directamente con el Allegro Molto, que es sin dudas la página más asombrosa de la obra en dos aspectos: Berwald logra en ella una construcción que anticipa con mucho la evolución de la sinfonía romántica en una síntesis estilística de los anteriores movimientos; y por otra parte, la facilidad y la fuerza de la escritura nos impresiona: sucesión de secuencias melódicas y rítmicas contrastadas, soberana libertad en las modulaciones, potencia concisa de las ideas, que redundan en dinámicas opuestas bajo iluminaciones fugaces y vivamente resaltadas. Una breve y magnífica llamada de los trombones concluye la obra.” (1)



Bibliografía
(1) Guía de la música sinfónica / bajo la dirección de François-René Tranchefort... [et.al.] ; versión española de Eduardo Rincón. — 2a ed. — Madrid : Alianza, 2002 (pp. 152-153)