27 jul. 2009

La Sinfonía

Una sinfonía es una obra a gran escala para orquesta, que por lo general se divide en cuatro o más secciones separadas llamadas “movimientos”.

Esta es la definición técnica. Pero sin embargo, el sólo hecho de mencionar los nombres de famosas sinfonías (de Beethoven, la Quinta, la Heroica, la Novena; de Mozart la No. 40, la Júpiter; la Sinfonía Inconclusa, de Schubert; la Italiana, de Mendelssohn; la Primera, de Brahms; la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak; la Sinfonía Patética, de Tchaikovsky; Resurrección, de Mahler) es evocar todos los mundos de belleza y grandeza musical. Por más de doscientos años las grandes sinfonías de los grandes compositores han sido las piedras fundamentales del repertorio de conciertos, y las mismísimas piezas que, para muchas personas, simbolizan la música clásica.

El precursor directo de la moderna sinfonía fue la obertura de la ópera italiana de principios del siglo XVIII. Esta forma, llamada “sinfonía” en italiano, constaba de tres movimientos separados, siempre en el orden rápido-lento-rápido. Hacia mediados del siglo, varios compositores empezaron a escribir sinfonías más elaboradas, ya no destinadas a la sala de teatro, sino para su interpretación en concierto. Estas fueron las primeras “sinfonías”, en el sentido actual del término, y si bien muchas de ellas estaban formadas por los tres movimientos tradicionales, en ocasiones los compositores expandían la forma para incluir cuatro movimientos. Los primeros compositores sinfónicos eran en su mayoría hombres cuyos nombres hoy en día no nos son muy familiares: una lista breve incluye a Giovanni Battista Sammartini (1698-1775), de Milán; Georg Matthias Monn (1717-1750), Georg Christoph Wagenseil (1715-1777), y Carl Ditters von Dittersdorf (1739-1799), de Viena; Johann Christian Bach (1735-1782), el hijo menor de J. Sebastian Bach, que se estableció en Londres; y Johann Stamitz (1717-1757), Ignaz Holzbauer (1711-1783) y Franz Xaver Richter (1709-1789), de Mannheim, Alemania, la ciudad que fue hogar de la orquesta más grande de la Europa de aquel momento.

Joseph Haydn (1732-1809), quien escribió 104 sinfonías, a menudo es llamado el padre de la sinfonía. No fue ni el primer compositor de sinfonías ni tampoco el más prolífico (Dittersdorf escribió más), pero sí fue el primero en demostrar en lo que la sinfonía podía transformarse en las manos de un genio. Dicho en términos simples: engrandeció la sinfonía escribiendo grandes sinfonías. Y su logro se vio reforzado por las hermosas y brillantes obras de su amigo y admirador, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), que escribió cuarenta y una sinfonías.
Una nota interesante: naturalmente pensamos en Haydn como un compositor “más antiguo” que Mozart, ya que había nacido mucho antes; pero Haydn escribió sus últimas ocho sinfonías, incluyendo las conocidísimas Militar, Del Reloj, Drumroll, y Londres, después de la muerte de Mozart.

Juntos, Haydn y Mozart establecieron los estándares de la estructura de la sinfonía clásica en cuatro movimientos. Esta estructura incluía un vivaz primer movimiento en forma sonata (a veces precedido por una lenta introducción), un segundo movimiento más lento, más lírico, un movimiento en minuet, y un último movimiento rápido. (Un movimiento en forma sonata consiste en tres secciones principales –exposición, desarrollo y recapitulación- usualmente seguidas por una coda, que lleva el movimiento hacia su final).

Ludwig van Beethoven (1770-1827) mantuvo el modelo en cuatro movimientos para sus sinfonías, y su lenguaje musical, en especial su lenguaje armónico, era sustancialmente el mismo que los de Haydn y Mozart. Pero Beethoven expandió la forma y la expresión sinfónica de innumerables maneras, y en la sinfonía, igual que en otras formas musicales, cimentó el camino desde la era Clásica hacia el Romanticismo. Beethoven escribió sinfonías más extensas, con introducciones lentas expandidas en algunos casos y secciones ampliando en gran medida las secciones de desarrollo y codas, y escribió sinfonías más grandes, más poderosas, intensas, dramáticas, para orquestas más grandes y potentes.

También reemplazó el minuet de la sinfonía clásica, con el scherzo, más rápido, más dinámico, y en el último movimiento de su Novena Sinfonía da el notable paso de aumentar la orquesta con voces solistas y coros. Es innegable la grandeza de Haydn y Mozart, pero como sinfonista Beethoven creó un corpus que no tiene parangón. Hasta nuestros días, sus sinfonías siendo obras monumentales, el estándar contra el que se comparan todas las otras sinfonías. Haydn y Mozart escribieron muchas más sinfonías que Beethoven, en conjunto, pero muchas de sus primeras obras son bastante ligeras, y sólo unas quince de las sinfonías de Haydn y diez de Mozart se interpretan con regularidad. De las nueve sinfonías de Beethoven, todas se tocan frecuentemente, y son obras maravillosas y sustanciales. Por lo menos cuatro (la Tercera, la Quinta, la Séptima y la Novena) son consideradas, por unanimidad, las más grandes obras maestras de la música occidental, y una (la Quinta) es probablemente la pieza más famosa en la historia de la música clásica.

Entre los grandes nombres de la composición sinfónica del siglo XIX, después de Beethoven, están Franz Schubert (1797–1828), Hector Berlioz (1803–1869), Felix Mendelssohn (1809–1847), Robert Schumann (1810–1856), Anton Bruckner (1824–1896), Johannes Brahms (1833–1897), Peter Ilyich Tchaikovsky (1840–1893), y Antonín Dvorák (1841–1904). Gustav Mahler (1860–1911) se ubica justo entre los siglos XIX y XX: compuso la primera de sus diez dantescas sinfonías durante la década de 1880, y la última (inconclusa) en 1910. Los sinfonistas más importantes del siglo XX han sido: el compositor finlandés Jean Sibelius (1865–1957), que escribió siete sinfonías entre 1899 y 1924; y tres rusos: Igor Stravinsky (1882–1971), Sergei Prokofiev (1891–1953), y Dmitri Shostakovich (1906–1975).

El problema que se presenta al hacer una lista de importantes compositores sinfónicos es que la lista debe ser o demasiado larga o lamentablemente incompleta. Con apenas unas pocas excepciones dispersas (Frédéric Chopin, Gabriel Fauré, Claude Debussy, y Maurice Ravel, el principal), y excluyendo a aquellos que se han especializado en ópera u otras formas de música vocal, prácticamente todos los compositores importantes de los siglos XIX y XX han compuesto por lo menos una sinfonía.

¿Los músicos se cansan de la Quinta Sinfonía de Beethoven? ¿Es aburrido tocar una pieza que es más conocida que cualquier otra? No, no y no. Es emocionante tocar la Quinta Sinfonía de Beethoven. Y esta es una de las razones por las que es una obra maestra: no importa cuántas veces la hayas tocado –o escuchado-, no hay forma de evitar ser arrastrado por las primeras notas y hasta el mismísimo final.

Sinfonía concertante. No es una sinfonía. El término es francés, un nombre muy común durante la era Clásica (aprox.1775-1820) para un concierto interpretado por dos o más solistas. El equivalente en italiano es “sinfonia concertante”. Los instrumentos solistas de una sinfonía concertante pueden ser cuerdas o vientos, o una combinación de los dos. Posiblemente el ejemplo más famoso de esta forma es la maravillosa Sinfonía Concertante que Mozart escribió para violín y viola.


Ludwig van Beethoven: Sinfonía No.5 en Do menor, op. 67
Dir. Herbert von Karajan, año 1966

Primera Parte




Segunda Parte


La novena sinfonía está publicada en este mismo blog, si desean escucharla, dirigida por Leonard Bernstein (en Berlín): http://luxaeterna-musik.blogspot.com/search/label/Bernstein%20L
Traducido de: Chicago Symphony Orchestra. Discover classical Music.
The NPR® Classical Music Companion: Terms and Concepts from A to Z by Miles Hoffman, published by Houghton Mifflin Company. Copyright © 1997 by Miles Hoffman and National Public Radio. All rights reserved. Legal Disclaimer
véase el art. original en: http://www.cso.org/main.taf?p=1,1,4,18

6 jul. 2009

Franz Schubert: Trout Quintet (Quinteto para piano en La mayor)


El reciclado no es una idea nueva. Hoy en día, como el plagio es fácil de detectar, ningún músico respetable tomaría una vieja melodía intencionalmente para elaborar una pieza ostensiblemente nueva, original (a menos, claro, a través del homenaje consciente a respetados antecesores).

Pero en otros tiempos, cuando la publicación era rarísima y lenta, y el “copyright” era bastante menos lucrativo, había pocos reparos al respecto. Los compositores a menudo escribían variaciones sobre temas de otros, y se tentaban de obtener el máximo provecho posible del asesinato de temas de su propia autoría. Franz Schubert recicló tres de sus canciones más populares para crear tres de sus piezas instrumentales más queridas.

En el verano de 1819, a pesar de que todavía no se había publicado ni tocado en concierto ni una sola de sus cientos de composiciones, informalmente ya se cantaban maravillosas canciones suyas a partir de copias manuscritas. El famoso barítono Johann Vogl (de cincuenta años de edad) se convirtió en uno de los primeros admiradores de Schubert (de veintidós años), y lo llevó a sus primeras vacaciones, al lugar natal de Vogl: Steyr, una colonia alpina de artistas.
(Una caricatura bastante maliciosa, hecha por su “amigo” Schober –nada que ver con Schubert- muestra un compositor tímido, panzón, con anteojos, siguiendo detrás al pomposo cantante). Schubert estaba cautivado. En una carta dirigida a su hermano, señalaba no sólo las maravillas naturales (“más hermosas de lo que uno podría imaginarse”), sino también las ocho jovencitas de la casa en donde se hospedaba (“hermosas casi todas ellas”). Muy pronto se encontró en el centro de la atención, en veladas musicales organizadas por Sylvester Paugmartner, un violonchelista aficionado, benefactor de las artes y rico propietario de una mina local. A Paugmartner le gustó, en particular, una de las canciones de Schubert, “Die Forelle” (“The Trout”, “La trucha”).

Ya sea por encargo, o como un regalo de agradecimiento, Schubert utilizó esta canción como base de un quinteto que escribió a su regreso en Viena, y que envió a Paugmartner, quien luchó por interpretarlo, ya que aparentemente Schubert había sobreestimado sus destrezas con el violonchelo. Luego archivó la partitura, que recién fue publicada después de la muerte de Schubert.

La mayor parte de la música de cámara se escribe para combinaciones ya establecidas: sonatas, para un instrumento más piano; tríos para violín, violoncello y piano; y cuartetos para dos violines, viola y violoncello o piano. Una combinación diferente sugiere circunstancias inusuales o un propósito personalizado. Tal vez el ejemplo moderno más famoso sea el “Quartor pour le fin de temps” (Cuarteto para el Fin de los Tiempos), para violín, violoncello, clarinete y piano, que Messian escribió, siendo prisionero de guerra, para él mismo y tres compañeros más.

En este caso, Schubert utilizó la inusual combinación de violín, violoncello, contrabajo y piano. Curiosamente, el único otro quinteto que se conoce que haya utilizado este arreglo, fue escrito por Hummel veinte años después; los estudiosos e investigadores todavía especulan acerca de si las obras surgieron de forma independiente o si Schubert pudiera haber visto la partitura en la biblioteca de Paugmartner. Como Paugmartner era un violonchelista aficionado, Paul Meyer sugiere que Schubert agregó un contrabajo para relevarlo a su anfitrión de la tarea normal del violoncello de fijar la línea del bajo para participar así en las melodías con las que abunda la obra.

La canción (la “Trucha”) está basada en un lindo poema, pero bastante trillado, de Christian Daniel Schubart (que tampoco tenía nada que ver con “Schubert”), del año 1783: un pez salta alegremente en una corriente clara, para esquivar a un pescador, quien, finalmente, ante la ira del poeta, embarra el agua, la enturbia, y logra capturar a la trucha. (Una estrofa final, sabiamente eliminada por Schubert, concluía con una advertencia severa aunque bastante freudiana, para que las muchachas huyan del tentador con una vara, para que no se desangren).

La repetida melodía, típica de Schubert, es sencilla, encantadora, e instantáneamente memorable, animada aún más por una figura saltarina, alegre, en el piano, que evoca a la famosa trucha. El cuarto de los cinco movimientos es un conjunto de variaciones sobre la melodía de la “Trucha” (Trout), amenizada por un ritmo punteado y un cambio del Re bemol por el Re mayor.

Como lo señala Myers, Mozart o Beethoven hubieran derivado su estructura a partir de transformaciones tanto temáticas como armónicas, pero para Schubert la melodía es primordial, de manera que sus variaciones consisten en pasar la melodía por todos los instrumentos, como si se deleitara en examinarla desde todos los ángulos. Para burlarse de su patrono, Schubert oculta hasta el mismísimo final la maravillosa figura pianística de la canción original.

Si bien las variaciones de movimientos son la pieza central, el quinteto entero es encantador. Massimo Mila lo llama “un poema festivo” que refleja el deleite extático de Schubert con el campo abierto tras haber estado reprimido toda su vida en la ciudad; “en él se consagra la memoria de un encantador verano, de días libres de preocupaciones; la música está bañada por la luz del sol y el espíritu de la juventud… la amistad y la humanidad se entretejen dentro de la misma textura de la música”. De hecho, el resto del quinteto (con una cantidad inusual de movimientos, cinco en vez de cuatro) es fresco y seductor, rebosante de una melodía sencilla y cálida, modulaciones suaves, con una instrumentación que le da una combinación rica, caleidoscópica, de sonoridad envolvente.

Solamente cinco años más tarde, la enfermedad y la pobreza llevan a Schubert al punto más bajo de su breve vida y el final opuesto de su espectro emocional. Schubert le escribe a un amigo, que era “la criatura más desdichada y miserable del mundo… cuyas esperanzas más brillantes han llegado a la nada”.

En un análisis de Elizabeth Norman McKay, Schubert era ciclotímico, un maníaco depresivo cuyos estados de ánimo estacionales a menudo se calmaban con las exigencias de los encargos y los conciertos. La mayoría de los compositores sublimaban sus estados personales en un idealismo enrarecido, o bien refinaban su obra a lo largo de un tiempo suficiente como para atemperar sus picos de inspiración y sus arranques de desesperación. Schubert, en cambio, a menudo escribía canciones en cuestión de horas, y raramente dedicaba más de unas pocas semanas a una ópera completa; de esta forma, componía tan rápido que cada una de sus obras es una instantánea válida de su fugaz psique.

Si el quinteto “Trout” fue un puro estallido de juventud despreocupada, libre, en su Cuarteto no. 14 en Re menor se enfrentó con la desesperación que lo llevaría cada vez más hacia la bebida, la adicción a la nicotina, la depravación y un temperamento abusivo que causó más y más estragos.

A fines de 1822, Schubert contrajo sífilis, y pasó la mayor parte del año siguiente confinado y debilitado por los agotadores tratamientos. Sin el personal necesario para su atención, poco a poco fue quedando sin cuidados. A pesar de que logró superar las dos primeras fases de su enfermedad, constantemente enfrentó el terror de no saber cuánto tiempo permanecería latente hasta que llegara su curso final y fatal.-




Como ilustración musical, veamos un documental de seis partes sobre el ensayo y la interpretación en público de esta obra¨(Quinteto para piano en La mayor, Trout), por Itzhak Perlman (violín), Daniel Baremboin (piano y dir.), Jacqueline Du Pré (violoncello), Zubin Mehta (contrabajo) y Pinchas Zukerman (viola). Imperdible!

































Fuente consultada: Peter Gutmann: Franz Schubert, a Trout, a Maiden (and) a Wanderer. En: Classical Notes.