21 oct. 2009

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

"Era bajo y rechoncho, de aspecto sano y complexión atlética. Tenía la cara ancha y rubicunda, excepto al final de su vida, en que se tornó enfermiza y amarillenta, sobre todo en invierno, cuando permanecía encerrado, lejos del campo; la frente era poderosa y abultada; el pelo, muy negro y espeso, todo alborotado como si nunca hubiese sido tocado por el peine, siendo sus cabellos cuan “serpientes de Medusa” (1). Sus ojos brillaban con una fuerza tal que impresionaba a todos cuantos les veían, pero casi todo el mundo se engañó en cuanto a su color. Como llameaban con un brillo salvaje en un rostro oscuro y trágico, generalmente se les creyó negros; no lo eran, sino de un azul grisáceo (2); pequeños y muy hundidos, se abrían bruscamente bajo los efectos de la pasión o la cólera, y entonces giraban en sus órbitas, reflejando todos sus pensamientos con maravillosa fidelidad (3); muy a menudo, se volvían al cielo con mirada melancólica. La nariz era chata y grande, como jeta de león. La boca delicada, si bien el labio inferior tendía a sobresalir del otro; mandíbulas temibles, capaces de partir nueces. Al lado derecha de la barbilla, un profundo hoyuelo daba a su rostro una extraña disimetría. “Su sonrisa era bondadosa, dice Moscheles, y en la conversación adoptaba a menudo un aspecto amable y alentador. Por el contrario, su risa era desagradable, fuerte y fingida; de corta duración por otra parte”: la risa de un hombre no habituado a la alegría.




Su expresión normal era melancólica, de “una tristeza incurable”. En 1825, Rellstab dice que tiene que hacer acopio de todas sus fuerzas para no llorar, al ver “sus dulces ojos y su dolor penetrante”. Braun von Braunthal lo encuentra, un año después, en una cervecería; sentado en un rincón, fuma en una larga pipa y está con los ojos cerrados, como lo hace cada vez con más frecuencia, a medida que se va acercando a la muerte. Un amigo le habla. Beethoven sonríe tristemente, saca del bolsillo un librito de conversación y, con esa voz chillona que los sordos tienen muy a menudo, le dice que escriba lo que le quiere preguntar. Su rostro se transfiguraba, ya en sus accesos de inspiración repentina que le acometían de improviso –incluso en la calle, llenando de asombro a los transeúntes-, o cuando se le sorprendía al piano. “Se le ponían tensos los músculos de la cara, se le hinchaban las venas; sus ojos salvajes se hacían doblemente terribles, le temblaba la boca; parecía un brujo poseído por los demonios que él mismo ha evocado”. Talmente como una cara de Shakespeare (4). Julius Benedict dice: “El Rey Lear”.


Notas


1. J. Russell (1822). Carlos Czerny, que en 1801, siendo todavía niño, vio a Beethoven con barba de varios días y una melena salvaje, trajeado con una chaqueta y un pantalón de pelo de cabra, creyó haberse encontrado con Robinson Crusoe.


2. Observación del pintor Koebler, que pintó su retrato hacia 1818.


3. “Unos ojos bellos y habladores”, dice el Dr. W. C. Müller, “tan pronto dulces y joviales como extraviados, amenazadores y terribles” (1825).


4. Koebler dice: “de Ossian”. Todos estos detalles están tomados de las notas de amigos de Beethoven, o de extranjeros que le vieron, como Szerny, Moscheles, Koebler, Daniel Amadeus Atterbohm, W. C. Müller, J. Russel, Julius Benedict, Rochlitz, etc.


Bibliografía


Romain Rolland. Vida de Beethoven / trad. de Félix Caballero Robredo. – en: Romain Rolland. Obras Escogidas.—México: Aguilar, 1966 (Biblioteca Premios Nobel), pp. 381-382


"Amada Inmortal"